Libertad religiosa, religión y sociedad: una reflexión para el Día Mundial de la Religión

17 de enero de 2021

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En este Día Mundial de la Religión, deseo hacer una reflexión sobre un aspecto de la vida de los creyentes que a veces se pasa por alto: la libertad religiosa. Sin libertad religiosa, sería imposible adorar a Dios de acuerdo con nuestras propias convicciones. Esto parece obvio. Pero es menos reconocido que sin la libertad religiosa tampoco se podría establecer una Iglesia, tener reuniones de culto, publicar las escrituras y otros materiales, enseñar y compartir el mensaje de nuestra fe, comprar terrenos y edificar capillas y templos, participar en la vida cívica y de trabajo sin ser perseguidos y hacer infinidad de otras cosas que son esenciales en la vida de los creyentes. Al celebrar la importancia de la religión, pues, es bueno recordar también la importancia de la libertad religiosa que hace posible la vida que la religión enseña. 

Comienzo mi reflexión con una imagen de la historia. Muy poco después del conflicto devastador de la Segunda Guerra Mundial, cuando las naciones apenas comenzaron a revivirse, varios líderes buscaron instituciones y estructuras legales sobre las cuales la paz podía apoyarse. El tema de los derechos humanos llegó a ser de suma importancia. La base teórica para los derechos humanos en ese entonces giraba en torno de la idea de la “dignidad humana”, la idea de que todo ser humano tiene un valor intrínseco por el solo hecho de pertenecer a la raza humana. 

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La base teórica para los derechos humanos en ese entonces giraba en torno de la idea de la “dignidad humana”, la idea de que todo ser humano tiene un valor intrínseco por el solo hecho de pertenecer a la raza humana.

Esta idea era todo lo contrario a la ideología de los Nazis derrotados, quienes habían creído en la superioridad de su propia raza y el estatus subhumano de los judíos, los romanos y las personas con discapacidad, entre otros. El mundo rechazó esa ideología nazista tras la destrucción y muerte que ella había engendrado. De ahí nació una nueva lealtad a la idea de que todos los seres humanos, por tener todos dignidad inherente, ameritan ciertos derechos fundamentales que ningún poder estatal puede ignorar.

La Declaración Universal de Derechos Humanos fue adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948. Este documento y todos los demás instrumentos internacionales de derechos humanos sucesivos, incluso el Pacto de San José que es el tratado más significativo para nuestro hemisferio occidental, descienden de un linaje que tiene su origen en el sufrimiento espantoso de la Segunda Guerra Mundial. En fin, los derechos que tanto nos benefician han nacido de un conflicto espantoso, y el precio que se pagó por estos derechos fue algo horroroso.

El artículo 12 de la Declaración Universal de Derechos Humanos que declara la libertad religiosa, establece:

Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.

La libertad religiosa ahora se reconoce casi universalmente en el derecho internacional como un derecho humano inderogable y fundamental. Este derecho está protegido en varios instrumentos de derecho internacional ratificados por casi todos los países. Aproximadamente 90 por ciento de las constituciones nacionales también incluyen disposiciones que protegen la libertad religiosa. Sin embargo, la aplicación de esta libertad es más la excepción que la regla cuando se trata de la realidad práctica. Varios estudios demuestran que las minorías religiosas a menudo sufren discriminación o persecución.

Un estudio de 2011 examinó los 143 países con población de más de 2,000,000 y concluyó que el 86% (123 países) tenían casos de persecución, 36 países tenían más de 1,000 casos, y 25 países tenían más de 10,000 casos.[1] La ONU informa que el número de personas desplazadas llegó el año pasado a 70.8 millones. Esta cifra es la más alta en la historia. Estas personas fueron forzadas a huir de sus casas por varios motivos, pero un número significativo de ellas huyeron a consecuencia de la persecución religiosa. 

Según un estudio riguroso del Pew Research Center que se ha realizado anualmente desde 2011, se calcula que 39% de los países tienen restricciones concernientes a la religión de nivel alto o muy alto. Pero porque muchos de estos países tienen poblaciones grandes, el 77% de la población mundial vive en países con altos o muy altos niveles de restricción con respecto a la religión.

 

Igual de preocupante es la disminución de libertad religiosa en las democracias liberales occidentales, que tradicionalmente han protegido los derechos humanos. Los mayores aumentos en la persecución religiosa por parte de los gobiernos se han producido en Europa durante los últimos años, en gran parte en respuesta a la entrada de muchos refugiados e inmigrantes.

Y ¿qué tal las Américas? En el hemisferio occidental estamos afortunadamente en una posición mucho mejor que la gente de muchas otras partes del mundo. Somos muy bendecidos en las Américas. Hemos disfrutado de los elementos básicos de libertad religiosa durante muchos años. A pesar de tener algunos desafíos, hay relativamente poca violencia relacionada con la religión en nuestros países y disfrutamos de una gran diversidad de creencias sin causar mayores fricciones sociales. Los grandes sufrimientos, asesinatos y expulsiones pueden parecer lejanos. Sin embargo, en nuestros países de las Américas, la degradación de la libertad religiosa es más sutil, pero real.

Los estudios muestran una tendencia preocupante. América Latina y el Caribe, normalmente una de las regiones más respetuosas a la religión en el mundo, ha tenido los aumentos más rápidos y mayores en las restricciones gubernamentales a la religión que cualquier otra región. Estados Unidos, por ejemplo, ha experimentado una marcada caída en la libertad religiosa durante la última década. En un informe de mayo de 2019, el relator especial de la ONU para la Libertad de Religión o Creencias hizo el preocupante comentario de que 74% de los países de América han sufrido aumentos en las restricciones gubernamentales a la libertad religiosa.

Está claro que la libertad religiosa es un derecho reconocido casi universalmente, pero este derecho es más vulnerado que protegido en el mundo. El espacio no me permite abordar los motivos de estas tendencias preocupantes. Como alternativa me enfocaré en una sola pregunta que tal vez nos ayude a comprender por qué debemos defender la libertad religiosa antes de que sea demasiado tarde. La pregunta es: ¿Por qué es importante la libertad religiosa para la sociedad? Terminaré con una breve reflexión sobre lo que puede estar por delante para la libertad religiosa en esta región del Caribe.

¿Por qué es importante la libertad religiosa?

La libertad religiosa es fundamentalmente importante para la sociedad. Esta salvaguarda el derecho de todas las personas a conservar sus propias creencias religiosas y a expresarlas abiertamente sin temor a ser perseguidas o a que se les nieguen los mismos derechos de ciudadanía. Beneficia a todas las personas, creyentes y no creyentes, así como las organizaciones y grupos religiosos. Protege la sociedad entera y la ayuda a prosperar.

Citaré cuatro razones concretas para ilustrar esta importancia:

1. La libertad religiosa proporciona protección para la valiosa contribución que la religión aporta a la sociedad.

La religión ha motivado muchos de los más importantes avances morales en la civilización. Entre ellos se encuentran la abolición de la esclavitud, el movimiento de los derechos civiles y los esfuerzos para eliminar la corrupción. “Estos avances no fueron motivados por la ética secular o gente que cree en el relativismo moral”, señaló Dallin H. Oaks, de la Primera Presidencia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y jurista estadounidense. “Fueron impulsados principalmente por personas que tenían una visión religiosa clara de lo que era moralmente correcto.”

La religión motiva obras caritativas que el gobierno es incapaz de desempeñar, y en su mejor forma, las religiones enseñan valores éticos de integridad, amor al prójimo y responsabilidad individual. Estos valores éticos son parte de la infraestructura social que apoya y establece el estado de derecho. El estado de derecho se basa en el compromiso moral de los ciudadanos y no puede existir sin ella. Ningún nivel de supervisión del gobierno puede compensar la falta de compromiso personal de parte de los miembros de la sociedad con estos valores fundamentales. “Nuestra sociedad”, continúa Dallin H. Oaks, “no se mantiene unida principalmente por la ley y su aplicación, sino sobre todo por las personas que de su propia voluntad obedecen a los principios más allá de la ley debido a las normas interiorizadas que tienen de la justicia y de buen comportamiento.”

2. Promueve la paz y la convivencia respetuosa.

Contrariamente a lo que a veces dicen los críticos, la libertad religiosa no se trata de privilegiar a los creyentes en comparación con los no creyentes. En el fondo, la libertad religiosa insiste en la equidad y el respeto para todos. Según la libertad religiosa, cada uno tiene derecho a llevar su vida pacíficamente de acuerdo con los dictados de su propia creencia. La libertad religiosa no genera violencia, sino que hace posible la convivencia pacífica entre personas que tienen discrepancias de opinión intensas, siempre y cuando no agraviamos los derechos de los demás. Promueve el civismo y el respeto mutuo, nos da las normas para coexistir en un mundo lleno de diversidad, fomenta el pluralismo y el libre intercambio de ideas y protege la conciencia individual, que es la base de una sociedad libre.

A menudo se le echa la culpa a la religión por las guerras, la xenofobia, la intolerancia, el fanatismo, y el terrorismo. Claro está que estas maldades pueden estar relacionadas con la religión, pero tales cosas no son producto de la religión en sí, sino más bien de la falta de libertad religiosa. La libertad religiosa no autoriza nunca actos de violencia u otros agravios en nombre de una supuesta creencia religiosa. Al contrario, actos proscritos por ley que agravian la seguridad o los derechos de otras personas no caben dentro de los derechos protegidos por la libertad religiosa.[1]

Lo que se necesita entender claramente, y que a menudo no se entiende, es que donde la libertad de religión está protegida por la ley y valorizada por la cultura, la sociedad goza de mayor paz y seguridad. En contraste, la falta de libertad religiosa crea tensión, inestabilidad y violencia. La falta de libertad religiosa crea opresión y resentimiento que alimentan el odio y prejuicios que a su vez fomentan movimientos extremistas.

Existe considerable evidencia empírica que muestra que las restricciones impuestas a la religión por el Estado constituyen el factor causal más importante en relación con la violencia religiosa en una sociedad. No es el “choque de civilizaciones” el que causa la violencia religiosa. Las tensiones sectarias son resultado de la regulación opresiva de la religión y de la reafirmación por parte del Gobierno de la hostilidad social en contra de las minorías confesionales.

3. La libertad religiosa protege y fortalece los demás derechos civiles y políticos. Protege la conciencia, que es la base esencial de toda opinión pública y política, porque una opinión forzada ya no es opinión. Protege la dimensión espiritual de la humanidad, que es el núcleo de la identidad del individuo y de la comunidad. Protege la dignidad humana, que es la base primordial de todos los derechos humanos, pues todos los derechos humanos se justifican jurídicamente a base de que pertenecen al ser humano por el solo hecho de ser humano, es decir, por tener dignidad humana. Este es un concepto que proviene de la religión.

La libertad religiosa es el primero y más antiguo de los derechos protegidos legalmente. Es el capullo del cual emergieron los otros derechos humanos, incluso las libertades de expresión, de prensa, de reunión y asociación. Estos derechos nacieron de la lucha histórica por la libertad religiosa. La libertad de expresión se desarrolló por primera vez para proteger la expresión de los disidentes religiosos. La libertad de prensa resultó de la lucha por publicar la Biblia. Las libertades de reunión y asociación surgieron de los esfuerzos de las comunidades minoritarias religiosas para llevar a cabo servicios religiosos y juntar sus esfuerzos para establecer hospitales, universidades y escuelas religiosas.

Un argumento que se está volviendo cada vez más común hoy en día es que la libertad religiosa ya no se necesita por ser redundante en el sistema de derechos humanos. Se preguntan por qué la religión merece su propia libertad especial cuando otras libertades como la de expresión o de reunión sirven para proteger todas las ideologías, sean religiosas o no. Dicen que la creencia religiosa es como las demás formas de creencia, y darle una protección especial crea desigualdad.

Empero, la religión sincera no es como las otras ideologías. La religión se trata de las más profundas creencias y valores que trascienden este mundo. Los valores éticos no religiosos, al contrario, no son trascendentales. Por eso, muchas veces no tienen naturaleza fija. Los valores seculares a menudo vacilan y cambian según las circunstancias y retroceden ante la inconveniencia o el interés propio.

La libertad religiosa no es el único derecho fundamental, ni es un derecho ilimitado, pero es la raíz de la cual brotó el árbol de los otros derechos y libertades. Las ramas que representan otras libertades y derechos no pueden sobrevivir mucho tiempo sin la raíz. Si nosotros, como sociedad, no tenemos la fuerza de voluntad para proteger la libertad de religión ¿cómo podemos esperar que nuestras instituciones protejan de forma adecuada los otros derechos menos fundamentales? Quien disminuye la libertad religiosa disminuye el cimiento en que se basan los demás derechos humanos y civiles. Se olvida de la historia y comete una especie de parricidio ideológico. Por contraste, la sociedad que valoriza y protege la libertad religiosa está nutriendo los demás derechos que protegen y benefician la sociedad.

 

4. La libertad religiosa genera muchos bienes sociales.

La evidencia empírica demuestra rotundamente que la libertad religiosa está correlacionada con el florecimiento de numerosos bienes sociales. Esta gráfica sale en un libro escrito por Brian Grim y Roger Finke en 2011. Se nota el nivel de correlación entre la libertad religiosa y varios otros bienes sociales. Queda claro que la correlación más significativa está entre la libertad religiosa y los otros derechos fundamentales que respaldan una sociedad libre y democrática. Pero también se ven otras correlaciones menos obvias. Entre ellas son mejoras para las mujeres y las minorías, especialmente en materia económica, educativa y de salud.

Hacia el futuro

Recalcando que la libertad religiosa aporta mucho valor a la sociedad, hago esta pregunta: ¿Qué depara el futuro para la libertad religiosa en el Caribe?

El Caribe es una región especial, bendecida con altos niveles de coexistencia pacífica y pluralismo religioso. La mayoría de las personas en el Caribe son creyentes y valoran la religión en la sociedad. Muchos caribeños tienen buena disposición hacia su prójimo y gozan de altos niveles de libertad religiosa.

Sin embargo, cierta ignorancia de estos temas a veces ocasiona discriminación, causa roces entre las personas, o son la causa de desigualdad innecesaria entre las confesiones; debemos mejorar. Esto empieza con lo fundamental para todos los creyentes como miembros de la sociedad, esto es, amar al prójimo, ser bondadosos, honrados y justos y ser buenos ejemplos de todo lo bueno que hay en nuestras creencias y enseñanzas religiosas.

Debemos agregar que también es esencial hacer resaltar la importancia del aporte positivo de la religión en la sociedad. Vivimos en una época cuando para muchas personas la religión se está haciendo menos relevante. La tendencia es preocupante, porque si las personas aprecian la religión menos, seguramente van a valorizar la libertad religiosa menos. La consecuencia de ello podría ser el abandono de los derechos de libertad religiosa. El peligro es más porque a medida que la religión se destierre del marco público, la no religión se puede convertir en la norma del Estado.

En 1978, hace más de 40 años, Neal A. Maxwell, un apóstol de Jesucristo habló de esta tendencia. Él dijo lo siguiente:

“Veremos en nuestra época la aplicación de un esfuerzo máximo, aunque indirecto, por establecer la no religión como confesión del Estado…. La no religión como confesión del Estado sería la peor de las combinaciones. Su ortodoxia sería insistente y sus inquisidores serían inevitables…  “Cuando la creencia en Dios disminuye, aumenta el número de personas que pretenden jugar el papel de Dios, creyéndose los ‘supervisores de la sociedad’. Tales ‘supervisores’ niegan la existencia de normas divinas, pero toman muy en serio su rol de imponer sus propias normas sobre la sociedad.”

Una manera de combatir esta tendencia es hacer resaltar la importancia del aporte positivo de la religión. En un sentido, esto puede ser un acto de acción de gracias. Nunca es correcto jactarnos de nuestras bendiciones sino compartirlas y expresar gratitud por ellas y por la bondad de Dios en las vidas de todos sus hijos. Si reconocemos la mano de Dios en todas las cosas y compartimos por palabra y acción lo profundo de nuestro compromiso para con el bienestar de nuestro prójimo y de la sociedad y si lo hacemos junto con nuestros amigos de otras tradiciones religiosas, será imposible que los gobernantes se olviden de la importancia de la religión y la libertad religiosa.

Es menester también aumentar la educación sobre la libertad religiosa y buscar mejoras legislativas, haciendo más concretas y duraderas las protecciones que gozamos. Como buenos ciudadanos, cada uno de nuestros respectivos países, podemos apoyar los esfuerzos para mejorar nuestras leyes.

Para concluir, quiero reiterar que la crisis de la libertad religiosa en el mundo es real. Necesitamos educarnos para comprender mejor la importancia de la libertad religiosa para una sociedad libre, pacífica y próspera. Debemos reconocer que la libertad religiosa no es un impedimento para el progreso, sino una forma de proteger y respetar lo más importante para casi todos los seres humanos, es decir, su identidad espiritual, su conciencia y su derecho a llevar la vida de acuerdo con sus convicciones. Únicamente con la libertad religiosa podemos conservar los beneficios y bendiciones que la religión sincera puede aportar a la sociedad.

 


[1] Brian GRIM y Roger FINKE, The Price of Freedom Denied (Cambridge University Press, 2011).

[1] No intentaré en esta oportunidad identificar las restricciones permisibles de la libertad religiosa. Los instrumentos internacionales de derechos humanos contienen límites específicos con respecto al derecho de manifestar la religión. Para un amplio resumen de los límites permisibles, con una apreciación por la complejidad del tema, ver Manfred Nowak y Tanja Vospernik, “Permissible Restrictions on Freedom of Religion or Belief,” in Tore Lindholm, W. Cole Durham, Jr., and Bahia G. Tahzib-Lie, Facilitating Freedom of Religion or Belief: A Deskbook (Leiden, Martinus Nijhoff: 2004). Las cláusulas que comprenden estos límites se encuentran en el Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos, art. 18 (3); Convención Europea de Derechos Humanos, art. 9(2); Convención Americana de Derechos Humanos, art. 12(3).